Powered By Blogger

sábado, 26 de octubre de 2013

El viaje de Luis Váez de Torres (1605 - 1607)

En 1605 el capitán Pedro Fernández de Quirós moviliza los astilleros peruanos para construir la flota que pondría rumbo a la legendaria Terra Incognita Australis. La corona española repone aquí sus intereses aprovechando que disminuyen las rencillas con los portugueses tras la unificación de ambos reinos en la persona de Felipe II. Los enclaves portuarios Manila y Ternate, que controlan el comercio de las especias, reactivan su funcionalidad ya que podían convertirse en centros de aprovisionamiento llegado el caso. La derrota más conocida para llegar a estas islas es la portuguesa, que requiere bordear el continente africano y doblar el cabo de Buena Esperanza. Sin embargo, los españoles buscan otros accesos surcando los Mares del Sur, con el punto de partida establecido en las posesiones americanas, pues si bien estaba consolidada la unión ibérica, en Ultramar la soberanía permanece dividida. Había que guardarse de respetar las áreas de influencia marcadas en el Tratado de Zaragoza (1529) que firman Carlos I y Juan III. El límite, distinto al que se pacta en Tordesillas, discurre ahora por el meridiano 135, a la altura de las Molucas y los derechos de navegación en estas aguas los compra Portugal, aunque los ejércitos españoles se quedan para repeler eventuales asaltos de otras naciones como Gran Bretaña o Países Bajos.

https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhBjE5Cc1ZLsxlRyyiLdIl2-BJAkyUveNWv5F0C6em9ah9XpbPCddXArY_3Eys8LG8uKPEcdCfKPRCVDbCyECq36JEcF1xHetpILb7U7ADRR7VSabkHy4Ejz1e4R1SHtIdCfdY9sxWE7-g/s400/tratado+de+zaragoza.jpeg
Tratado de Tordesillas (1493) y Zaragoza (1529).
Fuente: Atlas Histórico Marín. Editorial Marín, Barcelona, 1997: 


La Corte puso muchas ilusiones en esta expedición. Aún no había idea de las riquezas que escondían estas tierras y las luchas en Europa eran cada vez más costosas y pedían financiación. Los viajes de reconocimiento que hacen Andrés de Urdaneta, el primero en completar el tornaviaje (1565), o Íñigo Ortiz de Retes (1545), primero en avistar la costa norte de Nueva Guinea, amplían sobre el mapa los conocimientos geográficos pero saben que muchas tierras siguen ocultas en el anonimato. Era momento de fundar nuevas colonias y ese es el objetivo de los hombres de Torres que viajan armados y combaten a los nativos para obtener conquistas en nombre del rey Felipe III. Sin embargo y en contra de lo que se espera, las victorias no reportan grandes beneficios. Incluso el Consejo de Estado sentencia al respecto que los enemigos podrían explotar más las potencialidades del descubrimiento que ellos mismos.

El Océano Pacífico y la Tierra Austral según Abraham Ortelius (1589)


Los protagonistas

El capitán se persona ante el virrey Gaspar de Zúñiga y Acevedo, conde de Monterrey, y presenta un memorial para organizar el viaje junto con dos cédulas del monarca ordenando que armase dos buenos navíos, bien abastecidos, capaces de realizar un largo viaje hasta tierra austral. Para reunir la tripulación alista hombres avezados en la mar con experiencia en travesías transoceánicas. Aproximadamente, 300 voluntarios se prestan a participar en la aventura. Según las crónicas subió a bordo toda una amalgama de soldados, marineros, miembros de muchas asociaciones gremiales y misioneros franciscanos.

Se da licencia para construir dos navíos de gran calado. El primero fue el buque insignia San Pedro y San Pablo, un galeón de 150 toneladas, con unas proporciones de 26 metros de eslora por 8 de manga. Quirós es quien está predestinado a ser el promotor de la expedición, pues ya ganó los galones en el segundo viaje de Álavaro de Mendaña. Los barcos de Mendaña por poco no llegan a las Islas Salomón, pues los hados decidieron que el capitán muriera de forma repentina. Quirós toma el mando durante el camino de vuelta hasta Acapulco; de allí pasa a España y a Roma, donde su hazaña es aclamada por personajes muy distinguidos, entre ellos el papa Clemente VII que le anima a continuar con nuevas exploraciones.

https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjwyVWP6j44cVCBpC1zxgtT9FlrVLfpfvp82b3aj-0rhqDQJp8Ftn-MTp52D3IUVsfsaAKNEzmPjkpewc-_VOFMBzNxeoIBaKXvVuSuZjSRG4jeex6lDf_xFtUbWxn2__gO0ZPqUoulKJs/s400/galleon+espa%C3%B1ol.jpg
Galeón español

El otro gran navío es el San Pedro. Sus medidas son algo menores y pesa 120 toneladas. Al mando se pone el protagonista de la odisea, almirante Luis Váez de Torres. Lo poco que se sabe de él emana de fuentes indirectas y los investigadores arrojan sombras hasta para determinar el lugar de su nacimiento. Pudo ser gallego o portugués. A la vera de estos dos gigantes navega el patache Los Tres Reyes, un bergantín de pequeñas dimensiones encargado de vigilar e inspeccionar el estado y profundidad de las aguas por donde debía transitar la flota. Era habitual llevarlos a estas regiones del mundo tan ajenas a los marineros europeos. Por fin, hechas todas las dispensas, las naves zarpan el 21 diciembre de 1605 del puerto del Callao. A la bahía que dejan atrás acude una multitud de curiosos que despiden a los aventureros con gritos de júbilo y banderas al viento.

https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEi7aJwCrCYQKkIOKmBnbtnMWn40NgJAA11mDg1SxfuumgdhNNDx6pcxc4AEM4d-dx5oVCb5gZzVFviUVaTH5Add1fbtdBcgHjHuKw3ECzz9TiU2avZNafk3EsUEM-ggGxJtAJIwKY780n4/s320/patache.jpg
Patache o zabra de reconocimiento

El viaje

Aún no se habían levantado mapas fidedignos del continente austral y los conocimientos sobre él no iban más allá de las Guineas. Fuera de estos confines, la geografía de la época imaginaba una inmensa masa de tierra unida al "Polo Antártico" que se prolongaba hasta el Estrecho de Magallanes. Muchos detalles eran desconocidos y navegar hasta allí aún suscitaba aprensiones. Además, los instrumentos de navegación carecían de la precisión deseada. En la crónica de esta expedición se cuenta que las agujas magnéticas de las brújulas oscilaban sin control con la intensidad de las mareas y además debían alejarse de los objetos metálicos. El radio de visión tampoco tenía mucho alcance, pues faltaban algunos años para que Galileo inventara su revolucionario telescopio.

En principio, el camino consistía en seguir la estela de Mendaña y navegar por terreno ya conocido. El 26 de enero de 1606, desembarcan en isla Encarnación, perteneciente tal vez al numeroso archipiélago Tuamotu, en la Polinesia francesa. De aquí salen hacia la isla San Bernardo (actual Carolina), las islas Duff y el 25 de abril fondean en Nuevas Hébridas. El periplo dura más bien poco dada la escasez de recursos y habitantes que observan a uno y otro lado de las naves. Sin embargo, Quirós anda muy convencido y hasta se permite la insensatez de alterar deliberadamente las órdenes del  virrey. De noche, sin avisar y sin pedir consejo a los oficiales de los tres barcos, cambia de dirección la derrota, creyendo que así acortaría varias millas, pero calcula mal. Tres semanas transcurren en vano sin avistar tierra y la tripulación, harta de esperar, ya planeaba el motín. La crispación desaparece cuando asoma por proa la isla Espíritu Santo (actual Vanuatu), pero Quirós incurre en otra incredulidad y afirma con severidad que han llegado al elusivo continente, pues los fuertes vientos impiden hacer la circunnavegación y comprobar que es territorio insular.


https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhMp76Hn1Q1zQqGHBPOxdDxCgpPw_2mBHxfGarmBH13vO0sOOglKuP1o_YF9bErUMZhv6zBx8gaqlAIPqBjogI9JlqfngBSFQRuVG5FjtsOFBKdlqH7YSkICZVFXt0JAotojgcywrVvY9Y/s320/islas-vanuatu.jpg
https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhO5afgc_qTSMj6aT5rrJILvWPkDD1PZtkpS4DCSyoctCYyo0x9hyPWAnSDNh_dPHSY9Tk2wiNNzal74rtuFs3fruPoddPumWpD5W8ZJggJLkDg9eO0uX-7G86GHmerF1aDO1XjoYZthe8/s320/Dibujo.bmp
Localización de la isla Espíritu Santo


Entonces es cuando preside un acto solemne y cargado de simbolismo. Con dos ramas hace la señal de la Santa Cruz y la ensarta en el suelo. Luego pronuncia un discurso y declara tomar posesión de aquellas tierras en nombre de Felipe III y la Santísima Trinidad. Quirós tiene intención de expandirse hasta el Polo Sur y conquistar aquel inmenso país que denomina Tierra Australia del Espíritu Santo, nombre que escoge en homenaje a la casa de Austria. Una vez hecho el ritual, arrían las velas para salir en busca de la isla Santa Cruz y recoger alimento, madera y agua potable, pero surge otro contratiempo. El fuerte temporal dispersa las naves y se desorientan.  El almirante Torres es el único en llegar a su destino y allí pasa quince días esperando a su capitán. Cumplido el plazo, regresa a Santo, para averiguar que ha sido de Quirós, pero no encuentra indicios que le lleven a pensar en el naufragio. En ese momento toma la determinación de comandar la expedición, siguiendo las instrucciones selladas del virrey en caso de que el capitán acabara ausentándose. Al parecer, la Capitana queda en mal estado y regresa al Perú voluntariamente

La crónica del viaje la conocemos por las cartas que manda a Madrid un noble consejero del rey que sirvió en las Indias durante años. Se trata de Diego Prado y Tovar, ingeniero militar de oficio y miembro de la Orden de Calatrava. Los detalles de la travesía se conocen gracias a sus misivas, los mapas que levanta  y sus láminas con dibujos de nativos. Antes de alistarse en la expedición dirige la construcción de varias fortificaciones en Ternate, sobre todo después de que la Compañía Holandesa de las Indias Orientales, instalada en la isla de Java, lanzara un ataque en 1605, aunque sin consecuencias graves puesto que son derrotados por el capitán Pedro Bravo de Acuña, gobernador de Filipinas.

En el punto donde deserta Quirós comienzan las aguas desconocidas que anuncian penurias a Torres y sus hombres. El temporal inestable se agrava más con la llegada del monzón y los vientos alisios soplan con creciente virulencia. Perdieron la orientación en varias ocasiones y sin saber donde estaban, llegan a la isla de Tagula el 16 de julio, que junto con otras muchas conforman las Luisiadas. La mar estaba infestada de islas, tanto que subidos a una cumbre de no más de trescientos metros, con una simple ojeada podían divisar hasta veinte diferentes. En sus playas encuentran fragmentos de piedra pómez o lava solidificada que el agua arrastra de los volcanes de Nuevas Hébridas e Islas Salomón.

La navegación prosigue a lo largo de la costa sur de Nueva Guinea y a medida que avanzan, las dimensiones de la gran Tierra Austral se reducen. Las complicaciones ahora vienen de la mano de los arrecifes que cubren el fondo marino a muy pocos metros de profundidad, unos quince, cuando espontáneamente no salen a la superficie. Es el fenómeno que Torres denomina placel, que como su nombre indica, era una gran "plaza" subacuática que a lo largo de la costa de Nueva Guinea alcanzaba una anchura de doscientas millas. Si el nivel del mar bajara aquí catorce metros, el placel formaría una gran lengua de tierra, claveteada de innumerables islotes y bancos de coral. En más de una ocasión, la Tres Reyes tiene que prevenir al grito de ¡Tierra por proa! Los cabos están ribeteados de bajos y es posible encallar antes de divisarlos. Cuentan especialmente las dificultades que pasan en cabo Falso y en el estrecho que el capitán Cook bautizó con el nombre de Torres, pues sus escritos valieron para que el inglés hiciera las prevenciones necesarias. Durante 44 días Torres recurre a toda su habilidad para navegar por estas aguas tan embusteras.

Los nativos

No solo fue la naturaleza la  que opuso resistencia al desarrollo de la expedición. Los nativos tomaron por intrusos a los recién llegados y agarran sus armas cuando se los cruzan. Otras tribus, por temor a represalias, los tratan con gentileza  y se ocupan de que tengan una estancia cómoda en sus poblados. Pero a pesar de los percances con los indios más beligerantes, Prado, un hombre intelectual, no quiso perder detalle de los rasgos culturales que definían aquella exótica civilización.

Santiago de las Papuas estaba habitada por indios de piel 'bermeja', aunque también los había blancos, más aún que españoles y portugueses. Algunos construían sus hogares, con paredes de caña y techos de paja, en las copas de los árboles y accedían a ellas mediante escaleras manuales. Las playas de las islas estaban hendidas de bocas y estuarios poco profundos y era habitual verles navegando a bordo de sus canoas. Por tierra se desplazaban más rápido a los lomos de unos pájaros tan grandes como avestruces, los emús. Su dieta se componía de productos autóctonos: cocos, plátanos, iñames - especie de raíces parecidas a las patatas -, puercos y pavos reales. Los guerreros luchan empleando armas rudimentarias como hachas, porras, dardos arrojadizos, lanzas y macanas - mazas de madera -. Para defenderse tallan rodelas con conchas o caparazones de tortuga y también unos perros guardianes, parecidos a los dingos, les acompañan en la lucha o se quedan vigilando las casas.

https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEgEqvk02-kGHLXf9AMIWANCVsMPBBYTu609puRVkjJFUuhMLhPJ6_XWvC0LGP5IfdJhNTarvVTG7hKzAGQjtHW1JiSIY7VOGR23qAKg2tjHgEu0xAaZcG2WwpD_V6oPwXEisGqVEuwGUXw/s320/ind%C3%ADgenas.bmp
Guerreros del Sur de Nueva Guinea que dibuja Diego Prado y Tovar en 1606
Fuente: Archivo General de Simancas

Un episodio verdaderamente cruento fue por ejemplo el que sucedió en la isla de San Bartolomé, actualmente Toulon, el 24 de agosto de 1606. Los expedicionarios desembarcan para iniciar la exploración, y a poco de avanzar les sale una división de guerrilleros que esperaban emboscados entre los matorrales. Se acercan a ellos en son de paz y les proponen un encuentro cordial, pacífico, pero persisten en contestar con gritos de guerra. Enterados de que no eran bien recibidos, los soldados de Torres rezan sus oraciones y en un Santiago se lanzan a por los indios. Abrieron fuego con sus arcabuces y muchos caen fulminados por las balas. Los indios, al ver estos artefactos de guerra tan eficaces, huyen en desbandada hacia el poblado y embarcan hacia la colina donde antes de la batalla dejaron a las mujeres y los niños. Desde la cima lanzan piedras a los invasores que ya estaban acercándose con las espadas en alto. Cuando la contienda termina, varios cuerpos yacen exangües en el suelo, algunos de ellos niños, y esto produce un duro remordimiento. Los supervivientes pasan a ser prisioneros y los llevan ante los padres franciscanos para ser bautizados e instruidos en la oración cristiana.

El miedo cuajó en toda la población y las aldeas empezaron a ponerse a disposición de los recién llegados. Los indios más recatados se convierten en servidumbre y les hacen regalos de todo tipo. Los españoles abandonaron aquellas islas con cargamentos de cocos, cañas de azúcar, maderas aromáticas y 'aves del paraísocubiertas de centelleantes plumajes. Algunas aldeas las encuentran vacías, sus habitantes huyen a otras islas, dejando todos los enseres en sus casas que pronto son requisados, como piezas de alfarería, máscaras, y tallas o estatuillas labradas en madera. Otros se unen a ellos para combatir a los negros caníbales. Prado menciona algunos lugares donde encuentra desechos óseos de seres humanos devorados.

https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEj6adu45Rt_BV0eE46EZfg_trYJ2N4KKJ935Rk4P8Fivl89LnIbh-D-MHA-26dW6vf0wWCKbycbYuqx7ST2kExIwam1lHbGLEnFptRJgOZTemij4BJy2y-w5HZkDiag-u9w_puiVrDSgCs/s320/Dibujo+ind%C3%ADgenas.JPG
Indios blancos con armas arrojadizas y rodelas de la bahía de San Millán
Dibujo de Diego Prado y Tovar
Fuente: Archivo General de Simancas

También tuvieron casuales encuentros con otros navegantes europeos que naufragaron en aquellas islas. Cabe mencionar el hallazgo de un marinero portugués,  que cuando los divisa de lejos, sale a su encuentro y su admiración aumenta cuando La Almiranta iza las banderas de Castilla y la insignia real. Corre hacia ellos y los besa como si hubiese encontrado a sus salvadores. Los considera valientes caballeros al escuchar sus peripecias con los nativos y les conmina a visitar al jefe local. Su nombre es Biliato y los acoge con mucho cariño. Están en la tierra de los Papuas Bajos, cerca de donde vivía un padre de la Compañía de Jesús. Biliato los invita a comer y ordena que les sirvan gallina, faisán y cabritos, animales descendientes del primer ganado portugués que pisó esas tierras. A la fortuna de haber encontrado hombres tan hospitalarios, se une el hallazgo de un morisco, ex convicto de una nave veneciana que consigue huir y ocultarse entre las mercancías del navío portugués. Les habla de yacimientos de oro, piedras preciosas, perlas, y especias que yacen en rincones inhóspitos. Por toda la dicha que tienen, se les ocurre intitular a las islas con el nombre de Las Buenas Nuevas.

Fin del viaje

El monzón de nuevo obliga a cambiar el rumbo y hacen el viraje en busca de aguas familiares. El final de la odisea llega el 1 de mayo de 1607 en Manila. Torres quiere regresar a España pero el gobernador de Filipinas, Rodrigo de Vivero, sucesor de Acuña en 1606, rechaza suministrarle víveres. Por orden del rey, el que fue almirante es necesario en Manila, pero éste le expresa sus quejas en una carta, además de contar los pormenores del fatigoso viaje. El Consejo de Indias estudia los descubrimientos, junto con los cinco mapas de Prado, pero todo acaba siendo pasto para archivos el 22 de junio de 1608. Después se pierde la pista de Torres, no hay noticias de él, debido en parte a que los archivos de Manila, Perú y España han perdido mucha documentación tras los saqueos de las sucesivas guerras civiles.

La Corte desestima el viaje de Torres por varias razones. Si ya de por sí era costosa la tarea de mantener un imperio donde no se ponía el Sol, aventurarse en colonizar este gran continente desequilibraría gravemente los presupuestos de Estado. Además, en la mar al imperio español le arrebatan la hegemonía y sus naves son asaltadas varias veces por piratas y filibusteros. De ahí que los descubrimientos propendieran a favorecer más a estos intrépidos enemigos.


Tampoco el comercio con los indios prometía grandes fortunas, a pesar de lo que cuenta ese alfaquí. Para uso industrial, lo único que pueden importar es caña de azúcar, pero prefieren conservar los ingenios que instalaron hace años en América. Además, las islas están en la órbita de las Indias Orientales que explotaban los mercaderes chinos. Los nativos cambiaban sus productos por piezas de loza oriental y muchas de ellas se encontraban apiladas en almacenes del principal emporio que habían fundado en Port Moresby.


No obstante, a pesar de que la empresa fue inviable, no hay motivos para desdeñar la expedición de Luis Vaez de Torres. Las 1.500 millas que descubrió al Sur de Guinea refutó la idea de que era una región más del continente austral y sus mapas fueron utilizados por otros navegantes para precaverse de las barreras coralíferas. El mapa de Eredia, levantado en Goa en 1613, es el primero en incluir la nueva información.


















sábado, 14 de septiembre de 2013

La casa de los sueños realizables, Jorge Luis Borges, 'Las ruinas circulares', 1940

El lenguaje conceptual de la literatura fantástica

Borges averiguó durante su evolución literaria que las palabras enuncian ideas y no están destinadas a prodigarlas en menudencias descriptivas. Afirma que el uso del lenguaje se reduce a transmitir conceptos que inicialmente fueron asimilados a partir de la percepción, única vía de conocimiento que nos aproxima y aleja simultáneamente de la realidad. Una brizna de aire que nos acaricia la piel y nos eriza el vello, puede ser tan intensa en los sueños como en el mundo terrenal, mientras nos encontramos en un apacible bosque otoñal. No obstante, los psicoanalistas son capaces de inducir a sus pacientes a tener sensaciones mediante la hipnosis. En resolución, algo existe solo en el acto en que el espíritu, elemento activo, lo observa. La materia, elemento pasivo, se nos coloca con el fin de que sus propiedades sean captadas.

En sus relatos, el escritor argentino introduce tesis que estrechan lazos con la corriente filosófica del subjetivismo idealista, atribuida al obispo irlandés, amante de la filosofía, George Berkeley. Su pensamiento reposa en un principio básico:  esse est percipi aut percipere, "ser es ser percibido o percibir". Ésta ley puede ser aplicable en el etéreo mundo donde nacen los sueños, y, por tanto, las imágenes que aquí deambulan merecen estudiarse como reflejo de veracidad.

Personas hechas de materia onírica
El hombre gris, del cual no sabemos ni su aspecto ni su identidad, ha dedicado muchos años de estudio a un proyecto de complicada consecución: rescatar de un sueño a una persona y traerla a la realidad. Además, no conforme con ello, de éste hijo suyo quiere hacer un mago más versado en las artes ocultas que su maestro, su padre. La cuna que ve nacer a esta criatura se encuentra en las 'ruinas circulares', unos vestigios arqueológicos presididos por el Dios del Fuego, quien tiene licencia para destruir y rehacer, pasar del caos al orden. Aunque el santuario permanece visible, acaba carbonizado cuando el sueño toda su fin y unas misteriosas llamas se elevan vorazmente. Todo tiene aspecto desolador, ninguna figura se reconoce excepto la estatua del dios, un animal fantástico, a medio camino entre el caballo y el tigre, según cuenta el narrador.

La reconstrucción del santuario sólo tiene lugar en los sueños del mago. Cuando la estructura circular se yergue por completo, él se sitúa en el centro para impartir clases y enseñar sus secretos a los aprendices que toman asiento en el anfiteatro y escuchan con atención.  De todos ellos escoge al más aventajado, el que por sus cualidades él cree que está preparado para continuar su obra y transmitir las mismas doctrinas de generación en generación. Aunque trabaja hasta la extenuación, las primeras intentonas resultan ser un fiasco. Acaba tendido en el suelo, bajo el pedestal de un dios cruel que se niega a premiar los esfuerzos del mago. Pero, involuntariamente, mientras descansa y sin oponer resistencia, sueña de nuevo. Ésta vez apuesta por engendrar de la nada a su hijo, sin prisas y con mucha concentración. Primero los órganos, luego los huesos, los músculos, la carne, todo hecho con el artesano que tiene alojado en su mente. La razón, la capacidad de razonar, es el último ingrediente que añade, y cuando lo hace, comienza a desplegar ante él toda su sabiduría. De nuevo, al despertar, se ve solo, sin la compañía del amado pupilo de sus sueños y el santuario arde sin piedad, y allí nadie había encendido una antorcha. Desconsolado, decide penetrar en las llamas y acabar de una vez con el sufrimiento, pero no siente calor, su carne sigue tersa y traspasa el fuego sin mayores complicaciones. En ese momento se percata de que él también es un producto de otro soñador.

El cuento trata de plantear la duda de si el hombre gris que desafía las leyes naturales de la ontología ha logrado crear cuerpos realmente palpables en la fábrica de sus sueños. Téngase en cuenta que la lucha se recrudece al acontecer así mismo dentro de otro sueño, donde las cosas son deformables al antojo del sujeto que las engendra y goza de omnipotencia. Él se encuentra en los subterfugios de otro ser pensante y su entorno está sujeto a cambios inesperados. La complejidad que caracteriza el argumento exige mucha comprensión, por ello, el autor aplica un estilo sencillo y austero, rehuyendo el género ensayístico, ya que Borges consideró la poesía y la novela fantástica como formas supremas de racionalidad humana. Entre el lector y el escritor se establecen lazos lúdicos que invitan a descifrar determinados símbolos implícitos en la historia, creados por los mismos personajes, totalmente emancipados de la mano y tutela del escritor.

Jardines surrealistas de Las Pozas, Xilitla
Edward James, 1944






jueves, 16 de mayo de 2013

"Si breve fue el placer, largo será el padecer", El Séptimo Sello (1957) Ingmar Bergman

I. El contexto de las Cruzadas

El período histórico conocido como Plena Edad Media finaliza con el advenimiento de la crisis del siglo XIV. Una serie de problemas coyunturales complican el bienestar de los cristianos asentados en suelo europeo. Malas cosechas, hambrunas, brotes epidémicos, vaivenes climáticos y la amenaza de los enemigos de la Guerra Santa que aprovechan éstas debilidades para lanzar incursiones militares, podrían constituir los principales. Neutralizar todos ellos desemboca en un agotamiento del orden feudal en algunos reinos para dar la bienvenida al sistema capitalista burgués.

El cariz caótico que toma la situación hace que la clase intelectual, afincada en universidades y monasterios, los únicos centros de estudio existentes, se obstine por averiguar si alguna conducta impía  generalizada ha enojado tanto al Señor para que decidiera dictar castigo tan severo. Con éste propósito nacen hermandades clericales y órdenes mendicantes que transitan por templos, plazas y lugares concurridos, pronunciando sermones de contenido catastrofista con objeto de condicionar la opinión pública y apremiar al fiel a cumplir con los cánones penitenciarios establecidos. De repente cayeron en la certeza de que el riesgo de perecer por hambre o por contagio de alguna enfermedad, implica observar imperiosa la necesidad de pedir clemencia divina.

Puesta al corriente de lo que sucedía, la Santa Sede torna a conceder indulgencias a los súbditos que desearan cumplir con unos objetivos comunes. Invita a olvidar las disputas internas y congregar voluntades en torno a una sola empresa salvífica. La Curia cree que estos infortunios crecen alimentándose de los separatismos políticos, que al parecer ya comenzaron a gestarse tras las escisiones territoriales del imperio carolingio.

Dos amenazas principales turbaron especialmente el equilibrio europeo: por un lado, las comunidades integristas norteafricanas - almorávides y almohades - que cruzan sedientos de poder el estrecho hacia la conquista de los reinos andalusíes; por otro, las hordas bereberes de Oriente Próximo, convertidas al Islam que cristalizan en el naciente Imperio Turco, dispuesto a avanzar expedito a tomar Jerusalén y Constantinopla. Por primera vez, soldados procedentes de todos los confines acuden a la llamada de una campaña militar motivados por la fe,  que hermana pueblos y solapa rivalidades. 






II. Vida religiosa - militar

Entre aquellos ejércitos que salen con la venia papal, ingresaron Antonio Block y su escudero Juan, los personajes centrales de esta película. A diferencia de la inmensa mayoría que perece en combate, ellos logran salvar sus vidas y regresar a sus casas. Cuando concluyen su travesía por mar y desembarcan extenuados, se subliman y plantan sus rodillas en la fina arena de la playa, besándola con ansiedad, después de haber peleado diez años asfixiados por el polvo abrasador del desierto. Ambos son héroes que merecen los honores propios de esos valientes caballeros que elogiaron los trovadores en sus canciones, por haber defendido una causa noble.

Pero la experiencia, si allí los unió, en su tierra natal los separa, pues de la guerra sacan enseñanzas muy contradictorias. Antonio vigoriza su fe, agradece haber salvado la vida en aquel infierno y siente la obligación de saldar una deuda con el tribunal penitenciario.  Juan, en cambio, dotado de gran lucidez, maldice insolente sobre los estereotipos dogmáticos e hipostata, abrazando un fuerte escepticismo. Aprende a confiar en su sentido de la justicia y se olvida de sutilezas religiosas. Algunos desamparados, víctimas de abusos y actos de bandidaje que tanto proliferan en tiempos de crisis, encuentran por fortuna a éste nuevo héroe, vasallo del pragmatismo y la razón, que los ayuda, empleando la violencia si es preciso, cuando verborreico no espeta todas las blasfemias que se le ocurren al punto. Por tanto, juntos corren aventuras, pero siguen caminos divergentes y opuestos. El final, que queda anunciado desde muy pronto, está próximo y quieren averiguar cuales serán sus respectivos paraderos. Antonio abriga la esperanza de acabar en el Reino de Dios, pero no está seguro y la incógnita le obsesiona "yo quiero entender, no creer", le pesa haber sido tan necio de abandonar su hacienda y sus familiares por servir en las misiones de Tierra Santa. Juan, en cambio, acepta perderse cuando muera en el abismo de la Nada.





III. Destinos ineludibles

El director introduce un enfoque peculiar del tema de la muerte. La personifica en un hombre escuálido, de rostro libidinoso y embozado en espesos ropajes negros. Lejos de parecer un espíritu cruel y perverso, lo que destaca en él es un cierto deje socarrón, al estilo bufón de comedia, que aparejado a su semblante esperpéntico consigue simpatizar con el espectador y tocar una nota humorística en esta historia que al fin y al cabo rebosa melodrama. Él sabe que nadie puede huir de sus propios designios y que no actúa deliberadamente, pues sólo es un emisario portador de noticias ya consabidas. Esta es la explicación de porqué no puede evitar burlarse de los hombres incrédulos que pretenden demorar en vano el momento fatídico.  Uno de estos incrédulos es el caballero cruzado que insiste en desvelar mediante la fe si al creyente le depara esa eternidad gloriosa prometida.  

Mientras el regocijo de la Muerte aumenta sin parangón y juega con sus emociones, invitándole a jugar una partida de ajedrez. El cruzado logra ver una jugada infalible, imposible de cazar incluso para los grandes maestros. Sin embargo, el espectro, cual pícaro, recurre al arte del embuste y sustrae esta información dentro del confesionario, donde el infeliz cree estar reconciliando con su sacerdote. Por culpa de esta celada, el cruzado se entrega, da por perdida la partida. Era su hora, estaba escrito.






IV. El purgatorio protestante

El ascenso al purgatorio es una cuestión que viene polarizada por dos premisas claramente antitéticas: Antonio Block y el pueblo, más cercano el primero a posturas protestantes. Roma legitima una forma de permutar los pecados y obtener la remisión plena, ofreciendo la oportunidad de prestar servicio militar en las Cruzadas. Quienes permanecieron en tierra patria, son igualmente congraciados a cambio de hacer obras de caridad u ofrecer algún exvoto. El miedo al castigo divino obliga a los pobres aldeanos a evocar las penurias de la Pasión en el macabro séquito procesional que irrumpe en la plaza del pueblo. Los clérigos que la conducen, entre vapores de hisopos pendulares y alaridos de angustia y desesperación, suben a un improvisado estrado y se prodigan en ensordecedoras exhortaciones a la expiación. 

Estos actos multitudinarios, a ojos del cruzado, no salen del escándalo, de parafernalia fuera de lugar y poco se parece a su concepto penitenciario, más cercano a la contrición,  a la meditación profunda. Su conducta concuerda con el creyente traslucido en las tesis protestantes, enfrentado consigo mismo que solicita indulgencias en virtud de la intercesión divina y no terrenal. El cruzado exige respuestas, quiere despejar su conciencia de las burdas maquinaciones humanas que antaño obedeció.

La crítica que expresa el film queda patente cuando el escudero encuentra al clérigo que con sus patrañas le persuadió para enrolarse en la Cruzada. Aparece expoliando una víctima de la peste porque malvive de las ropas y los despojos personales que quedan esparcidos por los caminos desde que perdió su cargo eclesiástico. El destino de un hombre infame no podía ser otro.






V. Epidemias y Apocalipsis

En la parroquia hay una pintura mural que retrata de manera gráfica el horror del pueblo ante el avance desmedido de la peste. Los efectos, según están reflejados, son espantosos: los miembros se contraen bruscamente en un paroxismo final,  haciendo a la víctima expulsar los vómitos en forma de espumarajos y deja la piel llena de bubones. Por ser una etapa naciente en la historia del arte, las figuras aún aparecen esquematizadas, aunque suficientemente expresivas.  Juan recorre la escena con toda la naturalidad de alguien que ha visto a mucha gente padecer por los estragos de la guerra.

Los tribunales heréticos también hacen acto de presencia. Al salir de la iglesia, Block se topa con una turba, de seglares y monjes ordenados, que transportan enjaulada a una muchacha endemoniada, camino de la villa más próxima. Allí la atan a un poste rodeado de ramas secas, dispuestas a arder en llamas. Sin embargo, el cruzado, que ha seguido la marcha hasta el final, se acerca y pide que le diga cómo se puede hablar con el diablo. Él piensa que nadie mejor conoce a Dios que quien eternamente rivaliza con Él por gobernar el mundo. Ella confiesa que eligió esclavizarse para tener a su alcance todos los placeres que deseara. Se jacta de haber sido poseída y no ser dueña de sus acciones. No obstante, y a pesar de todo, el cruzado se apiada y le vierte en el gaznate un suero que abotarga sus sentidos antes de morir carbonizada.

VI. Salvados por la fe

En la misma red evangelizadora de la Iglesia están las compañías de teatro, representantes más bien de episodios religiosos.  José, María, su hijo y sus compañeros actores, viajan de pueblo en pueblo, a bordo de un carromato destartalado, interpretando y haciendo de misioneros. Uno de ellos, el más dicharachero, propone brindar más diversión al público, meterse en la piel de personajes más picarescos u obscenos, aunque se tope con censores eclesiásticos. José, en cambio, cumple con los mandatos que rigen la vida cristiana, tanto que tiene experiencias místicas y el poder de ver más allá de lo meramente sensorial. La Virgen enseñando a su hijo andar por un prado o la famosa partida de ajedrez del cruzado, son cosas que a todos se les escapa menos a él.

Con ellos viaja Jonás, un hombre soberbio, mujeriego, vacío de sentimientos, que posiblemente se sube a los escenarios para llenar sus arcas. Si pegamos este carácter a un rostro barbado de sonrisa desdentada, tenemos la personificación más grotesca que jamás se haya hecho de un juglar. Es un pícaro que lleva un tonel por barriga. Pero su fortuna acaba cuando el cornudo marido de su amante lo encuentra entre los matorrales del bosque sueco. El juglar finge arrepentirse y hace como que se ensarta un puñal en el pecho y cae desplomado en un montículo de hojas secas. Verle tendido en el suelo satisface al enemigo y ya despreocupado reanuda la marcha por los tortuosos senderos. Jonás permanece diligente hasta que oye las pisadas a larga distancia y libre de todo peligro, se incorpora. Orgulloso de sus dotes interpretativas, se encarama por las ramas robustas de un roble y celebra la proeza, con cánticos brincos y cabriolas. En ese instante, la Muerte emerge de la vegetación y tala el árbol, con el comediante ya subido a lo más alto de su copa. Empalidece, ve que el final está próximo y ruega que no lo haga, por su mujer y sus hijos, pero nadie logra aplacar al lúgubre espectro y se sorprende, con motivos hay que decir, de que mencione a su familia cuando él ha sido quien más daño les ha hecho. El árbol se viene abajo y el cómico parte sin remedio a otro mundo donde tendrá que rendir cuentas de su osadía.

Cuando ya no podía estar más afligido y avergonzado de sí mismo, el cruzado encuentra casualmente la modesta compañía de teatro. Les aconseja que no vayan hacia el sur porque allí la epidemia se ha propagado con virulencia. Es en estas circunstancias donde cree acercarse más a la indulgencia, en la cortesía y la hospitalidad que brinda a los menesterosos. Cómicos y caballeros caminan juntos hasta la flamante fortaleza que alberga el hogar del cruzado. Los convida a cenar y en el ínterin, su esposa lee algunos pasajes del  Apocalipsis. Al finalizar, irrumpe la Muerte, viene a llevárselos. Juan intenta por última vez razonar con el caballero, "sécate las lágrimas y mira el fin con serenidad", "hubieras gozado más de la vida despreocupándote de la eternidad", "en este último instante goza al menos del prodigio de vivir en la realidad tangible antes de caer en la Nada".

Al final todos siguen a la Muerte cogidos de la mano y danzando. José, María y su hijo, yacen sentados en un fresco prado, iluminados por un resplandor que agujerea el cielo. José contempla con nitidez la danza, pero María cree que delira como de costumbre.