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sábado, 14 de septiembre de 2013

La casa de los sueños realizables, Jorge Luis Borges, 'Las ruinas circulares', 1940

El lenguaje conceptual de la literatura fantástica

Borges averiguó durante su evolución literaria que las palabras enuncian ideas y no están destinadas a prodigarlas en menudencias descriptivas. Afirma que el uso del lenguaje se reduce a transmitir conceptos que inicialmente fueron asimilados a partir de la percepción, única vía de conocimiento que nos aproxima y aleja simultáneamente de la realidad. Una brizna de aire que nos acaricia la piel y nos eriza el vello, puede ser tan intensa en los sueños como en el mundo terrenal, mientras nos encontramos en un apacible bosque otoñal. No obstante, los psicoanalistas son capaces de inducir a sus pacientes a tener sensaciones mediante la hipnosis. En resolución, algo existe solo en el acto en que el espíritu, elemento activo, lo observa. La materia, elemento pasivo, se nos coloca con el fin de que sus propiedades sean captadas.

En sus relatos, el escritor argentino introduce tesis que estrechan lazos con la corriente filosófica del subjetivismo idealista, atribuida al obispo irlandés, amante de la filosofía, George Berkeley. Su pensamiento reposa en un principio básico:  esse est percipi aut percipere, "ser es ser percibido o percibir". Ésta ley puede ser aplicable en el etéreo mundo donde nacen los sueños, y, por tanto, las imágenes que aquí deambulan merecen estudiarse como reflejo de veracidad.

Personas hechas de materia onírica
El hombre gris, del cual no sabemos ni su aspecto ni su identidad, ha dedicado muchos años de estudio a un proyecto de complicada consecución: rescatar de un sueño a una persona y traerla a la realidad. Además, no conforme con ello, de éste hijo suyo quiere hacer un mago más versado en las artes ocultas que su maestro, su padre. La cuna que ve nacer a esta criatura se encuentra en las 'ruinas circulares', unos vestigios arqueológicos presididos por el Dios del Fuego, quien tiene licencia para destruir y rehacer, pasar del caos al orden. Aunque el santuario permanece visible, acaba carbonizado cuando el sueño toda su fin y unas misteriosas llamas se elevan vorazmente. Todo tiene aspecto desolador, ninguna figura se reconoce excepto la estatua del dios, un animal fantástico, a medio camino entre el caballo y el tigre, según cuenta el narrador.

La reconstrucción del santuario sólo tiene lugar en los sueños del mago. Cuando la estructura circular se yergue por completo, él se sitúa en el centro para impartir clases y enseñar sus secretos a los aprendices que toman asiento en el anfiteatro y escuchan con atención.  De todos ellos escoge al más aventajado, el que por sus cualidades él cree que está preparado para continuar su obra y transmitir las mismas doctrinas de generación en generación. Aunque trabaja hasta la extenuación, las primeras intentonas resultan ser un fiasco. Acaba tendido en el suelo, bajo el pedestal de un dios cruel que se niega a premiar los esfuerzos del mago. Pero, involuntariamente, mientras descansa y sin oponer resistencia, sueña de nuevo. Ésta vez apuesta por engendrar de la nada a su hijo, sin prisas y con mucha concentración. Primero los órganos, luego los huesos, los músculos, la carne, todo hecho con el artesano que tiene alojado en su mente. La razón, la capacidad de razonar, es el último ingrediente que añade, y cuando lo hace, comienza a desplegar ante él toda su sabiduría. De nuevo, al despertar, se ve solo, sin la compañía del amado pupilo de sus sueños y el santuario arde sin piedad, y allí nadie había encendido una antorcha. Desconsolado, decide penetrar en las llamas y acabar de una vez con el sufrimiento, pero no siente calor, su carne sigue tersa y traspasa el fuego sin mayores complicaciones. En ese momento se percata de que él también es un producto de otro soñador.

El cuento trata de plantear la duda de si el hombre gris que desafía las leyes naturales de la ontología ha logrado crear cuerpos realmente palpables en la fábrica de sus sueños. Téngase en cuenta que la lucha se recrudece al acontecer así mismo dentro de otro sueño, donde las cosas son deformables al antojo del sujeto que las engendra y goza de omnipotencia. Él se encuentra en los subterfugios de otro ser pensante y su entorno está sujeto a cambios inesperados. La complejidad que caracteriza el argumento exige mucha comprensión, por ello, el autor aplica un estilo sencillo y austero, rehuyendo el género ensayístico, ya que Borges consideró la poesía y la novela fantástica como formas supremas de racionalidad humana. Entre el lector y el escritor se establecen lazos lúdicos que invitan a descifrar determinados símbolos implícitos en la historia, creados por los mismos personajes, totalmente emancipados de la mano y tutela del escritor.

Jardines surrealistas de Las Pozas, Xilitla
Edward James, 1944






jueves, 16 de mayo de 2013

"Si breve fue el placer, largo será el padecer", El Séptimo Sello (1957) Ingmar Bergman

I. El contexto de las Cruzadas

El período histórico conocido como Plena Edad Media finaliza con el advenimiento de la crisis del siglo XIV. Una serie de problemas coyunturales complican el bienestar de los cristianos asentados en suelo europeo. Malas cosechas, hambrunas, brotes epidémicos, vaivenes climáticos y la amenaza de los enemigos de la Guerra Santa que aprovechan éstas debilidades para lanzar incursiones militares, podrían constituir los principales. Neutralizar todos ellos desemboca en un agotamiento del orden feudal en algunos reinos para dar la bienvenida al sistema capitalista burgués.

El cariz caótico que toma la situación hace que la clase intelectual, afincada en universidades y monasterios, los únicos centros de estudio existentes, se obstine por averiguar si alguna conducta impía  generalizada ha enojado tanto al Señor para que decidiera dictar castigo tan severo. Con éste propósito nacen hermandades clericales y órdenes mendicantes que transitan por templos, plazas y lugares concurridos, pronunciando sermones de contenido catastrofista con objeto de condicionar la opinión pública y apremiar al fiel a cumplir con los cánones penitenciarios establecidos. De repente cayeron en la certeza de que el riesgo de perecer por hambre o por contagio de alguna enfermedad, implica observar imperiosa la necesidad de pedir clemencia divina.

Puesta al corriente de lo que sucedía, la Santa Sede torna a conceder indulgencias a los súbditos que desearan cumplir con unos objetivos comunes. Invita a olvidar las disputas internas y congregar voluntades en torno a una sola empresa salvífica. La Curia cree que estos infortunios crecen alimentándose de los separatismos políticos, que al parecer ya comenzaron a gestarse tras las escisiones territoriales del imperio carolingio.

Dos amenazas principales turbaron especialmente el equilibrio europeo: por un lado, las comunidades integristas norteafricanas - almorávides y almohades - que cruzan sedientos de poder el estrecho hacia la conquista de los reinos andalusíes; por otro, las hordas bereberes de Oriente Próximo, convertidas al Islam que cristalizan en el naciente Imperio Turco, dispuesto a avanzar expedito a tomar Jerusalén y Constantinopla. Por primera vez, soldados procedentes de todos los confines acuden a la llamada de una campaña militar motivados por la fe,  que hermana pueblos y solapa rivalidades. 






II. Vida religiosa - militar

Entre aquellos ejércitos que salen con la venia papal, ingresaron Antonio Block y su escudero Juan, los personajes centrales de esta película. A diferencia de la inmensa mayoría que perece en combate, ellos logran salvar sus vidas y regresar a sus casas. Cuando concluyen su travesía por mar y desembarcan extenuados, se subliman y plantan sus rodillas en la fina arena de la playa, besándola con ansiedad, después de haber peleado diez años asfixiados por el polvo abrasador del desierto. Ambos son héroes que merecen los honores propios de esos valientes caballeros que elogiaron los trovadores en sus canciones, por haber defendido una causa noble.

Pero la experiencia, si allí los unió, en su tierra natal los separa, pues de la guerra sacan enseñanzas muy contradictorias. Antonio vigoriza su fe, agradece haber salvado la vida en aquel infierno y siente la obligación de saldar una deuda con el tribunal penitenciario.  Juan, en cambio, dotado de gran lucidez, maldice insolente sobre los estereotipos dogmáticos e hipostata, abrazando un fuerte escepticismo. Aprende a confiar en su sentido de la justicia y se olvida de sutilezas religiosas. Algunos desamparados, víctimas de abusos y actos de bandidaje que tanto proliferan en tiempos de crisis, encuentran por fortuna a éste nuevo héroe, vasallo del pragmatismo y la razón, que los ayuda, empleando la violencia si es preciso, cuando verborreico no espeta todas las blasfemias que se le ocurren al punto. Por tanto, juntos corren aventuras, pero siguen caminos divergentes y opuestos. El final, que queda anunciado desde muy pronto, está próximo y quieren averiguar cuales serán sus respectivos paraderos. Antonio abriga la esperanza de acabar en el Reino de Dios, pero no está seguro y la incógnita le obsesiona "yo quiero entender, no creer", le pesa haber sido tan necio de abandonar su hacienda y sus familiares por servir en las misiones de Tierra Santa. Juan, en cambio, acepta perderse cuando muera en el abismo de la Nada.





III. Destinos ineludibles

El director introduce un enfoque peculiar del tema de la muerte. La personifica en un hombre escuálido, de rostro libidinoso y embozado en espesos ropajes negros. Lejos de parecer un espíritu cruel y perverso, lo que destaca en él es un cierto deje socarrón, al estilo bufón de comedia, que aparejado a su semblante esperpéntico consigue simpatizar con el espectador y tocar una nota humorística en esta historia que al fin y al cabo rebosa melodrama. Él sabe que nadie puede huir de sus propios designios y que no actúa deliberadamente, pues sólo es un emisario portador de noticias ya consabidas. Esta es la explicación de porqué no puede evitar burlarse de los hombres incrédulos que pretenden demorar en vano el momento fatídico.  Uno de estos incrédulos es el caballero cruzado que insiste en desvelar mediante la fe si al creyente le depara esa eternidad gloriosa prometida.  

Mientras el regocijo de la Muerte aumenta sin parangón y juega con sus emociones, invitándole a jugar una partida de ajedrez. El cruzado logra ver una jugada infalible, imposible de cazar incluso para los grandes maestros. Sin embargo, el espectro, cual pícaro, recurre al arte del embuste y sustrae esta información dentro del confesionario, donde el infeliz cree estar reconciliando con su sacerdote. Por culpa de esta celada, el cruzado se entrega, da por perdida la partida. Era su hora, estaba escrito.






IV. El purgatorio protestante

El ascenso al purgatorio es una cuestión que viene polarizada por dos premisas claramente antitéticas: Antonio Block y el pueblo, más cercano el primero a posturas protestantes. Roma legitima una forma de permutar los pecados y obtener la remisión plena, ofreciendo la oportunidad de prestar servicio militar en las Cruzadas. Quienes permanecieron en tierra patria, son igualmente congraciados a cambio de hacer obras de caridad u ofrecer algún exvoto. El miedo al castigo divino obliga a los pobres aldeanos a evocar las penurias de la Pasión en el macabro séquito procesional que irrumpe en la plaza del pueblo. Los clérigos que la conducen, entre vapores de hisopos pendulares y alaridos de angustia y desesperación, suben a un improvisado estrado y se prodigan en ensordecedoras exhortaciones a la expiación. 

Estos actos multitudinarios, a ojos del cruzado, no salen del escándalo, de parafernalia fuera de lugar y poco se parece a su concepto penitenciario, más cercano a la contrición,  a la meditación profunda. Su conducta concuerda con el creyente traslucido en las tesis protestantes, enfrentado consigo mismo que solicita indulgencias en virtud de la intercesión divina y no terrenal. El cruzado exige respuestas, quiere despejar su conciencia de las burdas maquinaciones humanas que antaño obedeció.

La crítica que expresa el film queda patente cuando el escudero encuentra al clérigo que con sus patrañas le persuadió para enrolarse en la Cruzada. Aparece expoliando una víctima de la peste porque malvive de las ropas y los despojos personales que quedan esparcidos por los caminos desde que perdió su cargo eclesiástico. El destino de un hombre infame no podía ser otro.






V. Epidemias y Apocalipsis

En la parroquia hay una pintura mural que retrata de manera gráfica el horror del pueblo ante el avance desmedido de la peste. Los efectos, según están reflejados, son espantosos: los miembros se contraen bruscamente en un paroxismo final,  haciendo a la víctima expulsar los vómitos en forma de espumarajos y deja la piel llena de bubones. Por ser una etapa naciente en la historia del arte, las figuras aún aparecen esquematizadas, aunque suficientemente expresivas.  Juan recorre la escena con toda la naturalidad de alguien que ha visto a mucha gente padecer por los estragos de la guerra.

Los tribunales heréticos también hacen acto de presencia. Al salir de la iglesia, Block se topa con una turba, de seglares y monjes ordenados, que transportan enjaulada a una muchacha endemoniada, camino de la villa más próxima. Allí la atan a un poste rodeado de ramas secas, dispuestas a arder en llamas. Sin embargo, el cruzado, que ha seguido la marcha hasta el final, se acerca y pide que le diga cómo se puede hablar con el diablo. Él piensa que nadie mejor conoce a Dios que quien eternamente rivaliza con Él por gobernar el mundo. Ella confiesa que eligió esclavizarse para tener a su alcance todos los placeres que deseara. Se jacta de haber sido poseída y no ser dueña de sus acciones. No obstante, y a pesar de todo, el cruzado se apiada y le vierte en el gaznate un suero que abotarga sus sentidos antes de morir carbonizada.

VI. Salvados por la fe

En la misma red evangelizadora de la Iglesia están las compañías de teatro, representantes más bien de episodios religiosos.  José, María, su hijo y sus compañeros actores, viajan de pueblo en pueblo, a bordo de un carromato destartalado, interpretando y haciendo de misioneros. Uno de ellos, el más dicharachero, propone brindar más diversión al público, meterse en la piel de personajes más picarescos u obscenos, aunque se tope con censores eclesiásticos. José, en cambio, cumple con los mandatos que rigen la vida cristiana, tanto que tiene experiencias místicas y el poder de ver más allá de lo meramente sensorial. La Virgen enseñando a su hijo andar por un prado o la famosa partida de ajedrez del cruzado, son cosas que a todos se les escapa menos a él.

Con ellos viaja Jonás, un hombre soberbio, mujeriego, vacío de sentimientos, que posiblemente se sube a los escenarios para llenar sus arcas. Si pegamos este carácter a un rostro barbado de sonrisa desdentada, tenemos la personificación más grotesca que jamás se haya hecho de un juglar. Es un pícaro que lleva un tonel por barriga. Pero su fortuna acaba cuando el cornudo marido de su amante lo encuentra entre los matorrales del bosque sueco. El juglar finge arrepentirse y hace como que se ensarta un puñal en el pecho y cae desplomado en un montículo de hojas secas. Verle tendido en el suelo satisface al enemigo y ya despreocupado reanuda la marcha por los tortuosos senderos. Jonás permanece diligente hasta que oye las pisadas a larga distancia y libre de todo peligro, se incorpora. Orgulloso de sus dotes interpretativas, se encarama por las ramas robustas de un roble y celebra la proeza, con cánticos brincos y cabriolas. En ese instante, la Muerte emerge de la vegetación y tala el árbol, con el comediante ya subido a lo más alto de su copa. Empalidece, ve que el final está próximo y ruega que no lo haga, por su mujer y sus hijos, pero nadie logra aplacar al lúgubre espectro y se sorprende, con motivos hay que decir, de que mencione a su familia cuando él ha sido quien más daño les ha hecho. El árbol se viene abajo y el cómico parte sin remedio a otro mundo donde tendrá que rendir cuentas de su osadía.

Cuando ya no podía estar más afligido y avergonzado de sí mismo, el cruzado encuentra casualmente la modesta compañía de teatro. Les aconseja que no vayan hacia el sur porque allí la epidemia se ha propagado con virulencia. Es en estas circunstancias donde cree acercarse más a la indulgencia, en la cortesía y la hospitalidad que brinda a los menesterosos. Cómicos y caballeros caminan juntos hasta la flamante fortaleza que alberga el hogar del cruzado. Los convida a cenar y en el ínterin, su esposa lee algunos pasajes del  Apocalipsis. Al finalizar, irrumpe la Muerte, viene a llevárselos. Juan intenta por última vez razonar con el caballero, "sécate las lágrimas y mira el fin con serenidad", "hubieras gozado más de la vida despreocupándote de la eternidad", "en este último instante goza al menos del prodigio de vivir en la realidad tangible antes de caer en la Nada".

Al final todos siguen a la Muerte cogidos de la mano y danzando. José, María y su hijo, yacen sentados en un fresco prado, iluminados por un resplandor que agujerea el cielo. José contempla con nitidez la danza, pero María cree que delira como de costumbre.

miércoles, 13 de marzo de 2013

Lo inútil de comprobar la dureza de un diamante: M. de Cervantes, "El curioso impertinente", 1605

Florencia es la ciudad que escoge Cervantes para situar este cuento de amores, celos e infidelidades la misma que durante el Renacimiento contempló impávida la llegada de otros personajes que fueron engendrados por literatos enamoradizos. La historia entronca con dramas de temática similar que nacieron a lo largo de la misma centuria: dos signiores fraguan una relación de amistad que se trunca cuando uno queda prendado de una joven y termina por contraer matrimonio.  

Ambos se juran mutua fidelidad, más no por ello comparten opinión, sobre todo en lo que atañe al trato y visión de la mujer amada. Anselmo es el nombre del caballero que sucumbe a los encantos de la dama aunque es débil de voluntad y se enmascara tras una actitud de fingida soberbia.  La hermosura y honestidad de su esposa de todos es conocida, pero la voz de su conciencia atormentada por los celos hace que se resista a creer en los halagos que está harto de escuchar. El camarada que vela por su bienestar es Lotario, mercader de oficio y aficionado a la caza; prefiere conservar el sentido imperturbable de su amistad antes que aventurarse en compartir su vida con una mujer.    

Éste libro se salva de arder en la hoguera que preparan el cura y el barbero para destruir la biblioteca de la venta en que hospedan a Don Quijote, después de haberlo encontrado con el juicio vuelto por los bosques de Sierra Morena. En aquellas peñas decide el valeroso caballero hacer una reverencia a la Dulcinea de sus sueños, de la cual se declara súbdito para el resto de sus días. Durante unos días se abstiene de ciertas necesidades que en la orden de caballería equivalían a lujos totalmente superfluos, como comer, beber o vestirse... A la comitiva que parte hacia la venta se suman dos desertores que andan errantes por los caminos de La Mancha. Los dos provienen de familias acaudaladas y en otra vida gozaron de un entorno cortesano, pero abandonan furtivamente este hábitat por desencantos similares a los que narra el propio cuento.

La primera noche, después de cenar, los huéspedes se colocan en círculo y escuchan la voz solemne del cura que comienza a declamar el texto. Los leños de la lumbre crepitan y caldean lentamente la sala, creando así una atmósfera de recogimiento familiar, propicia a la lectura en grupo. Sin embargo, la paz reinante no tarda en esfumarse. Un Quijote vociferante desafía a los pertinaces gigantes, esta vez transformados en cueros de vino, que desgarra violentamente con su rodela y los hace sangrar a chorros. Se activan las alarmas en todo el caserón y el cura se ve obligado a suspender la lectura.


La belleza tendría su definición incompleta si en ella no se agregara la virtud. Bien es cierto que una persona es virtuosa dependiendo de quien la observe y en qué circunstancia y cuando se está evaluando, ya que ha quedado muy lejos el recato, comedimiento o discreción que persiguieron aquellos poetas renacentistas. Los cantos pastoriles que en la propia obra pueden leerse, eran alabanzas proferidas al virtuosismo de la dama y narraba lo desdichada que era la existencia de aquel que había sido deslumbrado por las cualidades de su condición humana. Para evitar que su esposa cayera en las redes de semejantes aduladores, Anselmo trata de sondearla y la somete a viles artificios y embustes con tal de hallar la verdadera cara de su fidelidad y desmontarla, si es que había motivos para hacerlo. Aunque rico y próspero terrateniente, propietario de una ostentosa villa a las afueras de la ciudad, Anselmo parece muy vulnerable ante su temor capital que es causar escarnio entre los florentinos si Camila se abandonaba a los brazos de otro hombre. Pero, cuanto más airosa sale de sus premeditados montajes, que ocultaban el auto de fe, de fe conyugal en este caso, más obsesiva es su búsqueda por obtener algún gesto o frase con que arrojar su crédito al vacío.  

Lotario practicaba la usanza de suplir los dolores emocionales que aquejan a Anselmo y en todo se ve llamado a colaborar con presteza. El dilema surge cuando sus valores discuerdan con la merced que debe cumplir y con el inquebrantable compromiso de aportar felicidad a la vida de un amigo, aunque presienta la tragedia:

"Antes me pides, según yo entiendo, que procure y solicite quitarte la honra y la vida, y quitármela a mí juntamente. Porque si yo he de procurar quitarte la honra, claro está que te quito la vida, pues el hombre sin honra peor es que un muerto" 

Con la prudencia que le caracteriza, Lotario osa por primera vez faltar a los honorarios que se le encargan y en lugar de cortejar a Camila, permanece pasivo cuando está frente a ella, evitando cruzar una sola mirada. Al volver Anselmo, finge como puede, y le malinforma de lo sucedido, diciéndole que por más que intentaba llamar su atención exhibiendo toda clase de banales dádivas: dinero, joyas, poesía, ella resistía con aplomo, como es de esperar en una mujer honrada:

"No hay cosa que más presto rinda y allane las encastilladas torres de la vanidad de las hermosas que la misma vanidad, puesta en las lenguas de la adulación"

Solo Pedro, cuando negó tres veces a Jesús, tuvo espacio suficiente en su pecho para contener el empuje del agravio que implicaba semejante mentira, descabellada a la vez que compasiva. No en vano, en la novela se menciona este pasaje bíblico y Cervantes se sirve de él para justificar el comportamiento de Lotario, debido a que esa misma decisión es la que hubiese tomado un buen cristiano. 

Así pues, Camila se ve entreverada entre dos farsantes y víctima de una comedia que arremete infame contra su honor. Por ello, ésta nueva Porcia devuelve el golpe con otra comedia, mucho mejor labrada, que le vale para vengarse de estos dos caballeros que podrían encarnar a Basanio y Antonio,  hombres de negocios que no aciertan a ver más allá de lo que sus ojos y sus prejuicios les enseñan. Anselmo persiste en su desconfianza y cree que  ha sido infiel no de obra, sino de pensamiento, y el próximo encuentro que concierta entre los dos, a solas, como lleva haciendo desde el principio, lo observa oculto tras unos tapices. Camila lo sabe, mira de reojo el hueco donde estaba oculto su marido, saca una daga y embiste a Lotario, maldiciendo el momento en que le había conocido; pero sin dejar de interpretar el papel que se había adjudicado a sí misma:

"Pague el traidor con la vida lo que intentó con tan lascivo deseo"

"¿Con qué rostro osas parecer ante quien sabes que es el espejo donde se mira aquel en quien tú debieras mirar, para que vieras con cuán poca ocasión le agravias?" 

En el cenit de su cómico delirio, vuelve a empuñar la daga y se la hunde en el pecho, aunque no lo suficiente como para perder la vida. Después de curarla y viendo la entereza con que había soportado todas sus pruebas, Anselmo ya no abrigaba ninguna duda acerca de su lealtad, pero, al cabo de unos días, amigo y esposa esperan a que anochezca para huir juntos y rehacer sus vidas, pues lo que no se sabía era la verdad, y la verdad fue que estaba naciendo un nuevo y por fin correspondido noviazgo. 

jueves, 11 de octubre de 2012

La "marca España" en el Romanticismo internacional: W. Irving y sus "Cuentos de la Alhambra" (1832)

Los escritores del s. XIX encontraron en la cultura hispana la cornucopia temática que permitió poner en práctica la afición que tenían por narrar historias extravagantes. Del mismo modo que los productores hollywoodienses buscan atrevidos escenarios ubicados a veces en las antípodas de la civilización occidental, como Arabia, Egipto, Japón o la selva africana, el escritor romántico acude con frecuencia a la cultura popular española y el bagaje legendario que en ella se ha ido fraguando con el paso del tiempo. 

Cierto es que los páramos agrestes que cubren el interior y sur peninsulares, precarizan mucho la estancia, y no es deseo del viajante caminar jadeante por caminos polvorientos desprovistos de refrescante vegetación, bajo un sol abrasador. Pero las batallas más decisivas de la Reconquista se libraron dentro de estos confines y su recuerdo continúa vivo en la memoria colectiva. Paso por alto la obviedad del problema que entraña la transmisión oral, pues se sabe que el formato expone el argumento original a su propia disolución en el porvenir. Los sucesivos narradores han pegado arbitrariamente invenciones dramáticas y detalles misteriosos, destinados a causar estupor en el auditorio, aunque para ello dislocaran el significado original. 

Irving salió de América e hizo un periplo por diferentes países europeos como Inglaterra, Francia o Alemania, además de recorrer Oriente Próximo, visitando Siria y Egipto. Su propósito era conocer los entresijos del anecdotario popular, determinante en la unidad de los pueblos, ya que él, y otros tantos de su generación, creyeron firmemente que la literatura tiene la virtud de aglutinar una nación en proceso de descomposición. 

Las cruzadas según Walter Scott, o el sentido de la ética musulmana contada en Las mil y una noches, ponen de manifiesto que bajo las diferencias de un pueblo, subyace una historia, y unos sentimientos compartidos, que pueden rescatarse para ensalzar los valores nacionales. Antes de realizar sus viajes de evasión, Irving leyó estas obras, y trabó amistad con Thomas Campbell, Thomas Moore y el mismo Walter Scott, cuando se trasladó a vivir a Liverpool en 1816. Las primeras obras que llevaron el sello estadounidense, fueron encomendadas a la misión de fijar un elemento cultural de cohesión entre grupos sociales, tanto angloamericanos como de los primeros colonizadores holandeses y franceses, mostrando los felices períodos de convivencia que podían emerger desde el folklore y la historiografía popular. 

Alexis de Tocqueville, politólogo francés que estudió el funcionamiento estatal estadounidense, reflejado  en sus dos volúmenes de La democracia en América (1845 y 1850) observó el peligro subversivo que el libre mercado tenía dentro del ejercicio de las libertades individuales, así como en la difusión del conocimiento y la intelectualidad, virtudes consideradas como valiosas fuentes de riqueza, sobre todo inicialmente, cuando los Padres Fundadores implantaron el sistema democrático. La modernización industrial pretendía traer una ocupación del poder político basado en el crecimiento del mercado y los románticos intentaron detener el fenómeno, recobrando la dedicación cultural que, verdaderamente,  era en el pueblo donde aún permanecía latente. 

Miembro del cuerpo diplomático estadounidense afincado en Madrid, desde 1826 hasta 1829, dedicó el último año de su estancia en hacer una excursión a Granada. Su experiencia luego quedaría narrada en Cuentos de la Alhambra, publicada tres años después. Previamente visitó otras ciudades de notoria raigambre morisca, como Córdoba o Sevilla - su entusiasmo era tal que algunos lo calificaron de maurofílico - aunque pronto abandonó el entorno urbano y salió al campo a buscar escenarios de palpitantes y legendarias historias. Despertaba más pasión en su sensibilidad romántica cruzarse con atalayas derruidas o pequeños pueblos aislados y vagar sin rumbo entre ellos, antes que vivir apabullado por el dinamismo de unas ciudades que apenas dejaban traslucir los rasgos del medievo. 

A las puertas de la Alhambra se presenta acompañado de un mozo vigoroso que iba armado con un fusil. Él era la medida de precaución que tomó frente a los bandoleros que podían estar apostados en los riscos. Al mozo le convierte en su leal escudero y lo condecora con el sobrenombre de "Sancho", caracterizados ambos de una impagable hospitalidad. La verdad es que si el Hidalgo buscaba combatir opresores según las leyes de caballería, Irving, también reivindica su propia realidad y combate el racionalismo de sus predecesores con arreglo a las leyes del Romanticismo. 

Por el año 1829, la Alhambra se erguía como un edificio lúgubre, apenas habitado y bastante desmejorado debido a los incendios y los fuertes embistes de artillería que recibió durante la Guerra de Independencia. Además, cuando los monarcas dejaron de visitar el recinto y retiraron las guarniciones,  gentes que poblaban los alrededores irrumpieron en los aposentos y afanaron mobiliario, enseres y fragmentos de yesería, azulejería o artesonado. Sin embargo, y en contra de lo que fácilmente pueda pensarse, el abandono y el estado ruinosos abona todavía más el deleite del escritor, pues las experiencias que vive dentro, a veces inquietantes, como las mismas visiones que tiene al contemplar la intrincada elaboración arquitectónica, no habrían acontecido en mejores condiciones. 

Los cuidados corrían a cargo de un gobernador, su familia y una comitiva de asistentes que preparaban el alojamiento a los inquilinos hospedados en la majestuosa pensión. Simultaneando con sus respectivos quehaceres, ejercen de cuentacuentos durante los momentos de ocio que tienen al acabar de comer, y el escritor, además de escucharles, se apresura a simpatizar con ellos para llegar al fondo de las historias que esos enigmáticos muros encierran. Astrólogos desertores de Oriente (derviches) que parten hacia Granada para acordar con los reyes la defensa de la ciudad mediante hechizos, puertas de acceso al averno situado bajo suelo palaciego, la rendición de Boabdil, tesoros ocultos, príncipes desdichados, princesas deshonradas que hablan con sus animales confidentes o arquitecturas testimoniales del pasado, son algunos de los argumentos aquí narrados. Por añadidura, la Alhambra en sus años dorados, habitada de reyes, ministros, tropas, artesanos o mercaderes, se reconstruye en la quietud y el silencio de la noche, por supuesto, sin levantar sospechas, ya que son figuras fantasmagóricas, volátiles e insonoras, que pasan desapercibidas. Algunos de los personajes que cayeron en desgracia, aprovechan la ocasión para buscar gente compasiva que les libere del cautiverio causado por el sortilegio del que fueron víctimas hace siglos.